Necesito que sepas que…




También te amé con locura, pero no te lo dije nunca. En cada paseo por el horizonte del desierto encendí una gota de lluvia que se quedó evaporada sobre la piel para caer cuando me fui de tu lado. Te seguí de lejos, imaginé sellar con un beso tu boca por cada despedida, y abrir con un beso tu cuerpo en cada encuentro, y no te lo dije. Inventé pretextos para quedarme un momento más sentada sobre la fuente mientras llegabas. Eché a volar palabra tras palabra para entretenerte con malabares de pájaros sobre nosotros. Me hice la fuerte cuando decidiste guardar silencio, dejarme sola en ese mundo tan solo en el que sólo tú faltabas. Cada día esperaba que me buscaras, y también crucé mis pasos por tus caminos para jugar al destino. Busqué en mis cajones todas las dudas habidas y por haber para preguntarte muchas cosas, para entrelazar tu idea con las inquietudes que siempre me aquejan. Abrí las compuertas de mi llanto para que tú lo conocieras. Dejé correr la ternura frágil que por lo general mantenía escondida. Tú fuiste el primero en saber que me iría de casa. Fuiste el primero en comprender que huía de la vida planeada y que esperaba encontrar noches largas y lunas llenas para vivirlas con letras detrás de la ventana. Te busqué cuantas veces pude, aún y cuando nuestras vidas se bifurcaban con el tiempo y la distancia. Fue entonces que me di cuenta que hay algo que no hice: no rosé tu piel desnuda, tuve miedo de amarte con locura, y marchar. No volví a buscarte aquél día para fusionar nuestros cuerpos, tuve la sensación de provocar un sufrimiento por la torpe forma en la que aprendí a amar, y es que nunca quise amar con propiedad, con la propiedad de los amores correctos. Temí que no comprendieras mi sentir, temí lastimar lo poco que nos quedaba, y sin darme cuenta lo terminé por matar.

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