El recuerdo con sus palabras

Siempre quiero una hoja en blanco para escribir desde el principio un momento que nadie ha contado,  pero no sé escribir cuentos o hermosas novelas, no sé detenerme en el detalle de un episodio cotidiano porque me distraigo mirando la tierra, que es una extensión ineludible, visible a cualquiera. Hasta en la ciudad acorralada de asfalto aparece la  tierra formada de granitos grises o rojos, todos haciendo la tarea de nutrir el monte, la flor, el árbol, el maíz y las lentejas. 
No sé escribir historias grandes y tampoco sé escribir historias pequeñas, porque escribo fuera de técnica, fuera de criterios literarios. Escribo para dentro, y cuando intento escribir para afuera no me acompaña palabra alguna. Sólo sé jugar con las palabras y cuando juego profundamente  no me doy cuenta en qué momento entro a su guarida, ni ellas se enteran que jugando salen a la luz y son vistas por miradas que no son las mías. Cada letra que juega sobre la hoja en blanco me hace decir niñadas y tonteras; y me hace escurrir recuerdos que había perdido, que había tirado desde arriba de la conciencia. Ellas cargan diariamente desde adentro piedritas que recolecté en la infancia, amigos imaginarios que perdí en un cruce de caminos cuando viajé de la niñez a la desesperanza. Ellas traen en sus bolsitas columpios de madera hechos por mi padre que partió, columpios que arrumbé en el fondo de mis miedos porque ya no era divertido columpiarme si él no me empujaba con su imaginación y su sonrisa amplia,  ya no tenía colchón y cura para la caída, que aún sin columpio nunca faltó. Ellas llevan consigo la añoranza de un pueblo nuevo en el quepa toda la familia, todos mis amigos y peluchin, que corrió desesperado tras de la mudanza  para no ser en ese momento un personaje más de los episodios abandonados . Por eso me gusta la hoja en blanco, para salir a jugar con las palabras y reencontrar juguetes viejos y paisajes olvidados.

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